En las próximas horas se harán públicos los datos de siniestralidad de la campaña de Navidad y el balance provisional de 2025 en vías interurbanas. Un ejercicio que se repite cada año y que, casi siempre, viene acompañado de un mismo marco explicativo: a mayor movilidad, es inevitable un mayor número de siniestros y víctimas.
Ese planteamiento, asumido con demasiada naturalidad, merece ser cuestionado.

La movilidad es una necesidad social, económica y personal. Nos movemos para trabajar, para convivir, para cuidar, para vivir. Moverse no debería implicar asumir como inevitable la pérdida de vidas humanas. Sin embargo, año tras año, la siniestralidad vial se presenta como una consecuencia casi automática del aumento de desplazamientos, como si el daño fuera un peaje inevitable del movimiento.
No lo es.
La movilidad no mata. Las conductas de riesgo sí
Lo que explica la siniestralidad vial en España no es cuánto nos movemos, sino cómo nos movemos. Y los datos disponibles desde hace años apuntan siempre en la misma dirección:
– el consumo de alcohol y drogas al volante,
– las distracciones, especialmente el uso del móvil,
– los excesos de velocidad y otras infracciones graves,
– el incumplimiento de normas básicas como el uso del cinturón o el casco,
– los adelantamientos indebidos, los semáforos en rojo, la falta de respeto a los pasos de peatones,
– y un contexto especialmente preocupante de conductores multirreincidentes, personas que conducen con el permiso retirado o incluso sin haberlo obtenido nunca.
Nada de esto es consecuencia directa de la movilidad. Todo ello responde a decisiones individuales y a fallos colectivos en prevención, control y responsabilidad institucional.
Aceptar que “hay más víctimas porque hay más desplazamientos” es desplazar el foco del problema y, en cierta medida, diluir responsabilidades.
Un argumento que no se acepta en otros ámbitos
La comparación es incómoda, pero necesaria. El aumento de población o de convivencia entre hombres y mujeres no se utiliza para justificar el número de víctimas de violencia de género. Nadie aceptaría que más convivencia implique, de forma inevitable, más violencia.
¿Por qué, entonces, se acepta ese razonamiento en seguridad vial?
Si una sociedad rechaza explicar otras formas de violencia desde la normalización estadística, tampoco debería hacerlo cuando las víctimas se producen en la carretera.
Las víctimas no son cifras
Uno de los mayores problemas del tratamiento de la siniestralidad vial es la deshumanización. Las víctimas aparecen convertidas en números, porcentajes y gráficos. El balance sustituye al nombre. La estadística borra la historia personal.
La historia nos ha enseñado que cuando una sociedad reduce a las personas a cifras, pierde capacidad de empatía y de reacción moral. No se trata de comparar contextos históricos, sino de señalar un mecanismo peligroso y común: cuando el número sustituye al nombre, la víctima deja de ser alguien para convertirse en algo.
Las personas fallecidas o gravemente heridas en la carretera no son daños colaterales de la movilidad. Son víctimas de una violencia evitable.

Una responsabilidad del Estado y de la sociedad
Las víctimas de la violencia vial merecen toda la atención, el cuidado, la protección y el respeto por parte del Estado, del Gobierno y de todas las instituciones con responsabilidad en esta materia. No solo prevención técnica, sino también reconocimiento, acompañamiento y reparación.
La seguridad vial no es únicamente una cuestión de tráfico. Es una cuestión de derechos, de ética pública y de convivencia.
Reducir víctimas no pasa por resignarse a las cifras, sino por actuar sobre las causas reales: tolerancia cero con el alcohol y las drogas al volante, combate efectivo de las distracciones, control de la velocidad, cumplimiento estricto de las normas y una política clara y contundente frente a la reincidencia grave.
Esperar los datos sin aceptar el marco
Los datos que se publicarán deben analizarse con rigor, pero también con espíritu crítico. Infovial no acepta que la movilidad sea utilizada como coartada para justificar la violencia vial.
Moverse no debería costar vidas.
Y mientras siga costándolas, no estamos ante una fatalidad estadística, sino ante un problema estructural que exige respuestas firmes.
Porque no son números.
Son personas.






