Casos recientes de conductores que circulan ebrios —algunos en sentido contrario o zigzagueando— vuelven a demostrar que el riesgo no es anecdótico. Y los datos toxicológicos en víctimas mortales confirman que el problema es estructural: casi la mitad de los conductores fallecidos analizados dio positivo en 2024.
No es “un caso”: es un patrón
Un conductor investigado por circular en sentido contrario y cuadruplicar la tasa de alcohol.
Otro, investigado por zigzaguear y casi cuadruplicar la tasa permitida.
En Sevilla, un conductor de camión interceptado tras avisos por conducción irregular: septuplicó la tasa y además carecía de permiso, retirado anteriormente por motivos similares.
Y en Palma, una conductora investigada por circular ebria, con el carné retirado y provocar un accidente.
Cada suceso tiene su investigación, sus matices y su recorrido judicial. Pero como fotografía social, todos dibujan lo mismo: personas al volante que no están en condiciones de conducir… y que, aun así, comparten carretera con todos.
La pregunta incómoda no es si “podría pasar”. Es otra: ¿cuántas veces pasa hasta que deja de ser noticia y se convierte en estadística?

El dato que no admite maquillaje: lo que dice la toxicología
Cuando un siniestro termina en tragedia, los análisis toxicológicos aportan un tipo de verdad que no depende de relatos ni de percepciones. El Instituto Nacional de Toxicología y Ciencias Forenses (INTCF) (Ministerio de Justicia) publica cada año los resultados de las autopsias y análisis en víctimas mortales.
En su informe de 2024, en conductores fallecidos sometidos a análisis toxicológico, 452 de 937 resultaron positivos (un 48,2%).
Y el detalle es aún más revelador:
Alcohol detectado en 322 conductores (34,4%).
Drogas de abuso en 224 (23,9%).
Psicofármacos en 157 (16,8%).
El propio INTCF recuerda que el informe trabaja con umbrales de detección (por ejemplo, alcohol en sangre a partir de 0,10 g/L) y que existen combinaciones (alcohol+drogas, alcohol+psicofármacos, etc.).
Esto importa por una razón: no estamos hablando solo de “excesos” aislados, sino de una presencia sostenida (y medible) de sustancias en conductores que han muerto en carretera.

El segundo problema: cuando alguien decide “ayudar” a esquivar controles
Aquí entra el otro vértice del iceberg. No el que conduce ebrio. El que facilita que lo siga haciendo.
Avisar de controles no es “picaresca”. Es quitar una barrera de seguridad que existe, precisamente, para sacar de circulación a quien multiplica el riesgo: alcohol, drogas, permisos retirados, conducción temeraria.
En Ibiza, una conductora fue denunciada por avisar en Telegram de un control de la Guardia Civil. El caso se apoyó en el marco de la Ley de Seguridad Ciudadana y se recordaba el rango de sanción administrativa en estos supuestos.
La idea clave (y la más olvidada) es esta:
si un conductor ebrio evita un control, el riesgo no desaparece: se desplaza. Sigue circulando, pero ahora con la tranquilidad de quien cree que “hoy se ha librado”. Y esa tranquilidad es exactamente lo que no debería tener.
Avisar de controles: 3 efectos reales y 0 justificaciones.
Proteges al infractor, expones al resto: el control busca reducir riesgo, no recaudar.
Bloqueas la prevención: menos detecciones hoy = más probabilidades de tragedia mañana.
Normalizas lo intolerable: convertir el alcohol/drogas al volante en “juego de comunidad” es degradar la convivencia vial.
Regla simple: si no lo harías con un arma, no lo hagas con un volante.

Lo que sí funciona (y lo que falta)
Funciona que existan controles: porque disuaden, detectan y apartan del tráfico a quien no puede estar ahí.
Funciona que haya sanción, pero sobre todo funciona la certeza de la sanción.
Y falta algo que se viene reclamando con insistencia: mejores datos operativos y más rápidos.
No basta con lamentar “el alcohol y las drogas” como marco genérico.
Hace falta saber más y antes: en qué franjas, en qué tipologías de vía, con qué perfiles, con qué recurrencias (reincidencia real), y cómo se relaciona con siniestros con víctimas, no solo con fallecidos.
La prevención no puede ser un eslogan; tiene que ser una política basada en evidencia.
El iceberg del alcohol y las drogas no se combate solo con campañas. Se combate con control, datos útiles y una cultura social que deje de proteger al infractor con guiños y avisos.

Porque cada mensaje que “ahorra” una sanción puede estar comprando una tragedia. Y esa factura no la paga quien avisa: la paga una familia cualquiera, en cualquier curva, cualquier noche.



