La Última curva

“La Vida no se negocia»

 Por David Landazábal

Fernando Grande-Marlaska, ministro del Interior (FOTO ©MIGUEL BERROCAL)

El año pasado, quince días después de un testimonio que hice en la DGT al presentar el balance de siniestralidad del verano 2024, el ministro del Interior anunció la bajada de la tasa de alcohol y se planteó en el Congreso de los Diputados esta medida tan simple como urgente: rebajar la tasa de alcoholemia a la mitad para los conductores.https://metalesa.com/tecnologia-plugandmeta/No hace falta predicar ciencia nueva para entender que menos alcohol al volante salva vidas. Las víctimas lo sabemos: una sola copa, o una de más, puede ser la diferencia entre llegar sano y salvo a casa o no volver jamás.

Sin embargo, lo que debería ser una cuestión de salud pública se convirtió, una vez más, en terreno de trueque político. Lo comprobé en primera persona, la semana pasada, en un intercambio de mensajes con una diputada de Esquerra Republicana.

Mi mensaje era claro: nos preocupa la reducción de la tasa de alcohol y la cuestión de los avisos en las redes sociales alertando de la ubicación de controles y presencia policial. Queríamos escuchar su visión y sumar esfuerzos.

La respuesta fue sorprendente:

«Incluso preferiría el 0,0. Pero para negociar esta ley tenemos una negociación que la DGT deberá cumplir. Si no, no negociaremos. Las listas de espera en Catalunya i más en las zonas rurales, provocan que jóvenes sin carnet conduzcan. Esto también es inadmisible. Conducen sin carnet porque no hay examinadores, les damos una buena solución. Que la acepten.»

En otras palabras: o me das lo que yo quiero o bloqueo lo que todos necesitamos. La reducción del alcohol al volante —que salva vidas— queda condicionada a otra reivindicación, en este caso la falta de examinadores en Cataluña.

¿Es inadmisible que haya jóvenes esperando meses para examinarse? Por supuesto. Coincidimos en que es una situación injusta y peligrosa. Pero lo que no puede admitirse es que eso se convierta en excusa para paralizar una medida urgente de salud pública. Convertir derechos o necesidades legítimas en moneda de cambio cuando hay vidas en juego es una falta de decencia política.

Y permitidme ser aún más directo: ¿qué diría esa diputada a la madre de un niño, catalán o no, atropellado por un joven catalán que conducía sin permiso? ¿Le diría: «no hay examinadores, por eso ha muerto su hijo»? ¿Sabe cuánta gente puede perder la vida mientras dejamos pasar días, semanas e, incluso, meses? ¿O prefiere que se lo pregunte a mis padres? Lo siento, no podrán responder: los mató un conductor sin permiso de conducir, borracho y que circulaba con exceso de velocidad. Existe una palabra que, en política y en sociedad, brilla por su ausencia cuando ocurren estas cosas: empatía.

Esa respuesta me generó algo más que indignación: un profundo desconsuelo. Porque, además de ser víctima, me veo obligado a recorrer despachos, a mendigar reuniones, a hacer una ronda con las fuerzas políticas, para que no se quede bloqueado un asunto que debería ser intocable: salvar vidas.

Es una sensación de impotencia que duele doblemente: primero como ciudadano y, sobre todo, como hijo de unos padres que ya no están aquí, por culpa de un conductor que nunca debió estar al volante.

Un año después, seguimos bloqueados. La tasa de alcohol no se ha rebajado. Las muertes continúan. La política parece haber elegido el intercambio de intereses frente a la urgencia de proteger a la gente. No es cuestión de ideologías: es cuestión de humanidad.

No se puede negociar la vida. No se puede trocar la seguridad de nuestras carreteras por equilibrios tácticos o agendas ajenas. Cada día que pasa sin actuar hay familias que pagan con lo más caro: un ser querido.

A la diputada —y a todas las formaciones políticas que no entienden el bien general como prioridad— les diría esto, con la claridad que piden las víctimas y que ellos mismos muestran: prioricen la vida. Si de verdad les importa Cataluña, la justicia social y el futuro de los jóvenes, luchen por todo ello al mismo tiempo, pero no utilicen una reivindicación, legítima y también necesaria, para bloquear una reforma que salva vidas hoy. Cada día perdido nos cuesta un alto precio en vidas inocentes.

Porque la política sirve para gobernar y proteger. No para intercambiar vidas por argumentos.

La seguridad vial no se mide por el tamaño del ego o por la cantidad de votos, sino por el respeto que damos al más débil y al más vulnerable.

David Landazabal
Vicepresidente de Stop Accidentes, víctima de siniestros viales y autor de La Última Curva.

Defensor comprometido de la seguridad vial que, tras experiencias personales, me dedico a concienciar sobre la importancia de la responsabilidad al volante.

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