Hay una forma silenciosa de fracaso colectivo: acostumbrarse.
Acostumbrarse a las cifras, a los balances anuales, a titulares que hablan de descensos mínimos como si fueran suficientes. A escuchar que cada año mueren cerca de 1.800 personas en siniestros de tráfico y terminar aceptándolo como una consecuencia inevitable de nuestra movilidad.
Pero no lo es.
El balance consolidado de siniestralidad vial de 2024 de la DGT contabiliza 1.785 personas fallecidas en 101.996 siniestros con víctimas. Son 21 muertes menos que en 2023, un descenso del 1%. Al mismo tiempo, los siniestros con víctimas aumentaron un 1% y 9.561 personas tuvieron que ser hospitalizadas, un 3% más que el año anterior.
Prácticamente cinco personas al día perdieron la vida.
Ese es el dato que no deberíamos normalizar.
Un descenso del 1% no puede convertirse en conformismo
Que las víctimas mortales bajen es siempre una buena noticia.
Pero la seguridad vial no puede evaluarse únicamente comprobando si una cifra es ligeramente inferior a la del año anterior.
La comparación con 2019 —año de referencia de la Estrategia de Seguridad Vial 2030— muestra mejor la dimensión del reto.
En 2019 fallecieron 1.755 personas. Cinco años después, en 2024, fueron 1.785: un 2% más.
Y mientras tanto, las personas heridas hospitalizadas han pasado de 8.613 en 2019 a 9.561 en 2024, un incremento del 11%.
La Estrategia de Seguridad Vial 2030 plantea reducir en un 50% las personas fallecidas y heridas graves respecto a 2019. El objetivo para las víctimas mortales sería llegar a 877 en 2030.
Por tanto, el verdadero debate no debería ser únicamente si 2024 terminó con 21 muertes menos que 2023.
La pregunta es si avanzamos al ritmo necesario.
El riesgo de acostumbrarnos a las cifras
Las estadísticas son imprescindibles para entender la siniestralidad y diseñar políticas eficaces.
El problema aparece cuando los números pierden su dimensión humana.
1.785 fallecidos puede convertirse en una cifra más dentro de una tabla.
Pero son 1.785 historias interrumpidas.
Familias, amigos, compañeros de trabajo y personas que esperaban que alguien llegara a casa.
Lo mismo ocurre con las 9.561 personas hospitalizadas. Una lesión grave puede implicar rehabilitación, incapacidad, dependencia, pérdida de empleo o una transformación completa de la vida de una persona y de quienes la rodean.
Por eso la siniestralidad vial no puede medirse exclusivamente por la evolución porcentual de las muertes.
Hay que observar también las lesiones graves y sus consecuencias.

Los mismos factores siguen apareciendo
El balance de 2024 vuelve a señalar problemas conocidos.
Distracciones, alcohol, velocidad, salidas de vía y falta de utilización de determinados sistemas de seguridad continúan apareciendo entre los factores y configuraciones asociados a los siniestros más graves.
La distracción estuvo presente en 13.164 siniestros y apareció en el 30% de los siniestros mortales. En cuanto al alcohol, el 29% de los conductores fallecidos a los que se realizó la correspondiente prueba dio positivo.
Especialmente preocupantes siguen siendo las salidas de vía.
InfoVIAL ha analizado anteriormente este fenómeno en “Las salidas de vía, causantes del 40% de muertes, son el siniestro más letal y olvidado de nuestras carreteras”. El estudio del INTRAS impulsado por Metalesa mostró que, solo en 2023, las salidas de vía provocaron 539 fallecidos y 1.674 heridos graves en vías interurbanas.
Son riesgos conocidos.
Y precisamente por eso deberían permitirnos actuar de manera cada vez más eficaz.

La movilidad aumenta, pero eso no convierte las muertes en inevitables
En 2024 se alcanzó un récord de 462,9 millones de desplazamientos de largo recorrido, un 3% más que en 2023 y un 8% más que en 2019.
Es un dato necesario para interpretar la evolución de la siniestralidad.
Pero el aumento de la movilidad no puede convertirse en una explicación suficiente de las víctimas.
Una sociedad moderna debe ser capaz de asumir más desplazamientos sin aceptar proporcionalmente más muertes o lesiones graves.
Ese es, precisamente, el fundamento del Sistema Seguro: aceptar que las personas pueden cometer errores y construir un sistema de movilidad en el que esos errores no tengan necesariamente como consecuencia la muerte o una lesión grave.
InfoVIAL ha profundizado también en esta reflexión en “Las muertes en carretera no se ‘explican’: se combaten”.
Moverse más no debería significar morir más.
El reto es movernos mejor y hacerlo de forma más segura.
No todo depende del conductor
La responsabilidad individual es fundamental.
Respetar las normas, no conducir después de consumir alcohol o drogas, evitar distracciones, utilizar correctamente los sistemas de seguridad y adaptar la velocidad a las condiciones de la vía son comportamientos imprescindibles.
Pero reducir la siniestralidad exige actuar también sobre otros elementos.
Infraestructuras capaces de perdonar el error, vehículos más seguros, tecnología preventiva, vigilancia eficaz, educación vial, formación, normativa, mantenimiento y una respuesta rápida después del siniestro forman parte del mismo sistema.
Especial atención requieren las carreteras convencionales, donde en 2024 fallecieron 933 personas, el 72% de las víctimas mortales registradas en vías interurbanas.
Cuando un error humano termina sistemáticamente con consecuencias extremas, la respuesta no puede limitarse únicamente a pedir que nadie se equivoque.

España está por debajo de la media europea, pero eso no debe rebajar la ambición
España registró en 2024 una tasa de 37 fallecidos por millón de habitantes, siete menos que la media de la Unión Europea, situada en 44.
Es un resultado comparativamente positivo y debe reconocerse.
Pero ocupar una buena posición dentro de Europa no significa haber alcanzado un nivel aceptable de seguridad vial.
La referencia final no puede ser simplemente estar mejor que la media.
La referencia debe seguir siendo la Visión Cero: avanzar hacia un sistema en el que ninguna muerte o lesión grave sea considerada un precio inevitable de la movilidad.
Dejar de normalizar para volver a avanzar
Quizá uno de los mayores riesgos para la seguridad vial no aparezca en ningún atestado.
Es el riesgo de la normalización.
Aceptar que cada año morirán alrededor de 1.800 personas porque siempre ha ocurrido; que habrá miles de heridos graves, y que las mismas causas volverán a aparecer en el próximo balance.
No debería ser así.
El descenso de 21 fallecidos respecto a 2023 importa. Cada vida salvada importa.
Pero también importa preguntarnos por qué en 2024 murieron 30 personas más que en 2019, por qué aumentaron los heridos hospitalizados y por qué seguimos tan lejos de los objetivos establecidos para 2030.
La seguridad vial necesita datos, análisis y comparación.
Pero necesita también conservar la capacidad de incomodarnos ante esos datos.
Porque detrás de cada porcentaje hay personas.
Y cuando cerca de cinco personas siguen perdiendo la vida cada día en nuestras calles y carreteras, el peor resultado posible sería acostumbrarnos.



