Hay una forma sutil —pero profundamente peligrosa— de fracaso social: acostumbrarse.
Acostumbrarse a las cifras. Acostumbrarse a los titulares. Acostumbrarse al goteo constante de muertes en carretera como si formaran parte inevitable del paisaje.

El balance de siniestralidad vial de 2024 presentado por la DGT vuelve a jugar con esa costumbre.

Se nos dice que las víctimas mortales bajan ligeramente respecto a 2023.
Se nos habla de estabilización.
Se nos recuerda que estamos por debajo de la media europea.

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Pero cuando uno aparta el barniz estadístico y observa la realidad completa, la conclusión es incómoda: no estamos avanzando, estamos aprendiendo a convivir con la tragedia.

El espejismo de las buenas noticias

Sí, en 2024 la cifra total de fallecidos fue ligeramente inferior a la de 2023.
Sí, en vías urbanas se ha producido una leve reducción.
Sí, en términos comparativos europeos España “no está tan mal”.

Pero…
¿Eso es todo lo que podemos aspirar a decir en un país donde en torno a cinco personas mueren cada día en la carretera?

El problema del discurso institucional no es que sea falso, es que es incompleto. Y cuando se habla de vidas humanas, la incompletitud es una forma de deshonestidad.

Porque mientras se celebra una décima menos en el total, se obvia que:

  • Las muertes en carreteras interurbanas no bajan, incluso repuntan.
  • Los heridos hospitalizados y graves siguen aumentando.
  • Los siniestros con víctimas no dejan de crecer.
  • La letalidad de los accidentes vuelve a incrementarse.

Bajan los números donde es más fácil intervenir.
No donde más duele.

La peligrosa anestesia del dato

Uno de los grandes problemas del enfoque actual es que se trabaja la seguridad vial como si fuera una curva bursátil:
si baja un poco, hay euforia.
si sube un poco, se relativiza.
si se estanca, se decora.

Pero detrás de cada número hay una historia incompleta, una mesa con una silla vacía, una familia que no vuelve a ser la misma.

Y sin embargo, normalizamos que en un país desarrollado, con tecnología avanzada, con normas estrictas y con recursos suficientes, sigan muriendo cerca de 1.800 personas al año en carretera.

Como si fuera el peaje inevitable de la movilidad.
Como si las muertes viales fueran menos muerte que las demás.

FOTO ©MIGUEL BERROCAL

Las causas de siempre. Las soluciones, siempre pendientes.

Lo más desolador del balance 2024 no es solo la cifra final.
Es que las causas siguen siendo las mismas desde hace más de una década:

  • Velocidad inadecuada.
  • Distracciones.
  • Alcohol y drogas.
  • Invasiones de sentido contrario.
  • Salidas de vía.
  • Falta de uso de sistemas de seguridad.

Nada nuevo. Nada inesperado.
Y, sin embargo, nada resuelto.

Sabemos de sobra qué mata en las carreteras.
Pero seguimos actuando como si cada siniestro fuera una sorpresa.

Y mientras tanto, las medidas estructurales siguen llegando tarde, a medias o condicionadas por intereses políticos, electorales o económicos.

Cuando el problema no es solo conducir mal, sino permitirlo

Otra lectura incómoda del balance de la DGT es que el problema ya no reside solo en los comportamientos individuales, sino en lo que como sociedad toleramos, justificamos o dejamos pasar.

Seguimos permitiendo que se conduzca habiendo bebido.

Seguimos permitiendo parques automovilísticos envejecidos y poco seguros.

Seguimos aceptando carreteras secundarias mal mantenidas como algo “normal”.

Seguimos sin una reforma profunda del sistema sancionador y preventivo.

Y mientras tanto convertimos en titulares lo anecdótico: una nueva norma, una nueva campaña, un nuevo eslogan…

pero sin tocar de verdad las raíces.

La trampa de compararse con los peores

Uno de los argumentos recurrentes de la DGT es que España sigue por debajo de la media europea.
Correcto.

Pero la pregunta no debería ser si estamos mejor que otros.
La pregunta debería ser:
¿por qué seguimos aceptando que mueran personas cuando sabemos cómo evitarlo?

Compararse con los peores nunca ha salvado una sola vida.
Aspirar a lo mejor, sí.

De la estadística al duelo

La seguridad vial no puede seguir tratándose como un informe anual más en una estantería.
No puede seguir siendo un ritual administrativo en enero, julio o septiembre. O dejarlo escondido en la web.

Cada cifra es un duelo que no siempre tiene espacio mediático.
Cada ratio es una historia que no salió en televisión.
Cada porcentaje es alguien que no llegó a casa.

Y lo más peligroso de todo no es que las cifras no bajen.
Es que nos resulte aceptable que no lo hagan.

Porque cinco muertos al día no son un dato. Son un fracaso colectivo.

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