Hay una frase que la DGT repite casi con resignación técnica cada vez que presenta su balance anual de siniestralidad: “Hay que interpretar estos datos en un contexto de aumento de la movilidad y de los desplazamientos”.

Y ahí está el problema.
Porque esa frase no explica nada.
Esa frase anestesia.

Es convertir la muerte en un efecto colateral estadístico del progreso

La trampa del “hay más coches, hay más muertos”

Que haya más movilidad no justifica que haya más muertos.
Que aumenten los desplazamientos no convierte las muertes en inevitables.
Que la sociedad se mueva más no debería implicar que muera más.

Usar ese argumento es como justificar la violencia machista diciendo que hay más convivencia entre hombres y mujeres.
Nadie se atrevería a hacerlo, porque sería moralmente inaceptable.
Porque sería esconder la responsabilidad bajo una capa de falsa lógica.

Y aquí estamos ante lo mismo.

Las muertes en carretera no son una consecuencia natural del movimiento.
Son la consecuencia de una falta estructural de respeto, de educación, de control y de voluntad real de cambio.

No es la movilidad. Es cómo se convive con ella.

En 2024 han vuelto a morir cerca de 1.800 personas en las carreteras españolas.
Cinco al día.
Una cada pocas horas.

Y desde la DGT se insiste: es que ahora se viaja más.

¿De verdad vamos a aceptar eso como explicación?
¿De verdad hemos llegado al punto de asumir que más coches = más muertos?

Si fuera así, la única solución sería dejar de movernos.
Y no.

La solución no es moverse menos.
Es moverse mejor.

Y ahí fallamos estrepitosamente como sociedad.

No es un problema técnico. Es ético.

Porque los datos llevan años señalando las mismas causas:

  • Alcohol.
  • Drogas.
  • Velocidad.
  • Distracciones.
  • Desprecio por las normas.
  • Falta de respeto al resto de personas.

No estamos hablando de fallos mecánicos aleatorios.
Estamos hablando de comportamientos.

Comportamientos sostenidos por una cultura permisiva.
Por una sensación impune de “no pasa nada”.
Por una tolerancia social aberrante hacia quien pone en riesgo la vida ajena.

Y eso no se combate con campañas tibias ni con balances edulcorados.
Se combate con educación desde la base, con prevención real, con sanciones más eficaces y con una política de Estado que deje de maquillarse con porcentajes.

El peligro de acostumbrarnos

Lo peor del balance 2024 no es la cifra.
Es la reacción.

Titulares suaves.
Comparaciones con otros años.
Relativización.
Continuidad.

Y esa es la verdadera derrota:
nos estamos acostumbrando.

Nos estamos acostumbrando a que mueran cinco personas al día.
Nos estamos acostumbrando a que los heridos graves aumenten.
Nos estamos acostumbrando a que la violencia vial se integre en la normalidad.

Y no debería haber nada más inquietante que eso.

Porque una sociedad que se acostumbra al dolor deja de combatirlo.

Si hubiera voluntad real, las cifras bajarían

No es una cuestión de vehículos.
Es una cuestión de valores.

No hay ningún motivo técnico por el que España no pueda aspirar a una reducción drástica, real y sostenida de la siniestralidad.
Lo han hecho otros países.
Con menos excusas.
Con más determinación.

Aquí seguimos instalados en el autoengaño estadístico.

Si suben las muertes: “es porque se viaja más”.
Si bajan: “gracias a nuestra política”.

Siempre hay una coartada.

No hay contexto que justifique una muerte evitable

La movilidad no mata.
Mata la irresponsabilidad.

No mata el tráfico.
Mata la falta de educación vial.

No mata el coche.
Mata el desprecio por la vida ajena.

Y mientras se siga escondiendo el problema bajo gráficos y porcentajes, mientras se siga contextualizando el dolor para hacerlo más digerible, seguiremos teniendo balances maquillados y carreteras ensangrentadas.

Porque al final la pregunta no es cuántos nos movemos.
La pregunta es por qué seguimos matándonos al hacerlo.

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