La DGT presenta el balance definitivo de 2025 destacando diez fallecidos menos que el año anterior. Pero detrás de esa reducción estadística hay otras 1.775 vidas perdidas, miles de personas heridas y familias que seguirán soportando las consecuencias.

La Dirección General de Tráfico ha publicado el balance definitivo de siniestralidad vial de 2025 con un titular que destaca que el año se cerró con diez fallecidos menos que en 2024.
Es cierto. Los datos reflejan una reducción de 1.785 a 1.775 personas fallecidas. Y diez vidas menos perdidas en las carreteras y ciudades constituyen, indudablemente, una mejora.
Pero convendría no perder de vista lo esencial: en 2025 han muerto otras 1.775 personas en siniestros de tráfico.
Son 1.775 muertes más que añadir a esa dolorosa acumulación de tragedias que nuestra sociedad registra año tras año.
Llamemos a las cosas por su nombre.
Las víctimas no vuelven a la casilla de salida
Las personas fallecidas no vuelven a la casilla de salida el 1 de enero del siguiente ejercicio.
Esto no es jugar a la Bolsa. Tampoco es analizar la cuenta de resultados económicos de una empresa, donde una reducción del saldo negativo puede celebrarse como un beneficio.
Estamos hablando de vidas humanas.
Cada fallecimiento es una pérdida irreversible. Detrás de cada cifra hay una persona, una familia, un entorno afectivo y unas consecuencias que no desaparecen cuando termina el año.
La estadística necesita comparar ejercicios. La conciencia social necesita recordar que las pérdidas se acumulan.
Por supuesto, resulta imprescindible medir la evolución de la siniestralidad, identificar tendencias y evaluar las políticas de seguridad vial. De hecho, ese es uno de los fundamentos de la prevención.
Pero una cosa es reconocer una reducción estadística y otra muy distinta utilizarla como principal motivo de satisfacción ante un balance que sigue siendo trágico.
Hay más víctimas que las que aparecen en el titular
El balance de 2025 registra también 9.888 personas heridas que necesitaron hospitalización, 327 más que en 2024.
Muchas deberán afrontar procesos de recuperación prolongados, limitaciones funcionales, secuelas físicas o psicológicas y cambios profundos en sus vidas.
La siniestralidad vial no termina en los fallecimientos. Sus consecuencias alcanzan a las personas lesionadas, sus familias y quienes tienen que reconstruir su vida después de un siniestro.
Y tampoco debemos ignorar la especial vulnerabilidad de quienes circulan a pie, en bicicleta, en motocicleta o en vehículos de movilidad personal.
En las ciudades fallecieron 496 personas durante 2025, dos más que el año anterior. El 81 % de las víctimas mortales urbanas pertenecían a colectivos vulnerables.
Son datos que deberían impulsar nuevas preguntas y actuaciones, más allá de la comparación favorable de un titular nacional.
Del 018 a la prevención: actuar antes de que sea demasiado tarde
La puesta en marcha del 018, el servicio gratuito de atención a víctimas de siniestros viales, constituye un recurso necesario para quienes sufren las consecuencias directas o indirectas de estas tragedias.
Ofrecer información, orientación, apoyo psicológico y asesoramiento tras un siniestro es imprescindible. Las víctimas y sus familias merecen una atención accesible, especializada y continuada.
Pero el verdadero objetivo de la seguridad vial no puede limitarse a atender las consecuencias de aquello que no hemos conseguido evitar.
El 018 debe acompañar a las víctimas. La política de seguridad vial debe trabajar para que haya cada vez menos personas que necesiten utilizarlo.
Necesitamos invertir la lógica de estos balances: no conformarnos con administrar mejor las consecuencias, sino actuar con mayor eficacia sobre los factores que provocan los siniestros y agravan sus resultados.
Infraestructuras más seguras, vehículos mejor mantenidos, formación vial continua, protección de los usuarios vulnerables, vigilancia eficaz, investigación rigurosa y responsabilidades compartidas.
El único balance verdaderamente satisfactorio
No se trata de negar los avances conseguidos durante décadas ni de restar importancia a ninguna vida salvada.
Se trata de evitar que la mejora relativa nos haga perder de vista la magnitud del problema.
Diez fallecidos menos no borran 1.775 fallecimientos.
Cada nuevo año incorpora nuevas víctimas a una historia que no deja de acumular pérdidas.
Y aunque una sociedad necesita estadísticas para conocer su evolución, también necesita memoria, responsabilidad y una ambición preventiva que no se conforme con pequeños descensos.
Habría que darle la vuelta a estos números.
Trabajemos para que el verdadero éxito no sea atender mejor a las víctimas después del siniestro, sino evitar que lleguen a serlo.
Porque en seguridad vial ninguna vida perdida puede considerarse una ganancia estadística.



